Comentario sobre la lectura de El Periodista Universal, David Randall.
A mis quince años entré a vivir en lo que podríamos llamar un convento. Vivía con consagradas y estuve ahí, durante tres años, discerniendo si Dios me pedía esa vocación. Recuerdo bien que un día, una chica de mi edad, pero que había entrado un año antes que yo, me enseñaba la casa y cómo funcionaban todos los sistemas prácticos: lavandería, aseos, estudios, etc. La frase “Aquí siempre hacemos así las cosas” la repetía una y otra vez, con esas u otras palabras “nosotras siempre…”, “nosotras nunca…”. Yo, una adolescente sana, por lo tanto rebelde, quería ser diferente, que nadie me dijera cómo era yo, cómo hacía las cosas. No quería que me metieran en un “grupo semántico”, en un molde antes de saber qué era yo o qué quería ser.
Hace unos días leía el libro de El Periodista Universal, de David Randall. Me llenó de paz cuando en medio del miedo que me daba pasar las páginas del libro y ver lo desconocido que es para mí el Periodismo, de pronto encontré una línea, que sí tenía que ver conmigo, ponía literalmente: “Los periodistas odian la frase: Aquí siempre hacemos así las cosas”. Ahí estaba yo. Había algo mío en medio de cientos de consejos que veía casi como amenazas, lo desconocido. (Continuar leyendo)
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miércoles, 15 de enero de 2014
jueves, 12 de septiembre de 2013
Sin remitente (Mi mundo interior)
La primera vez que estuve ahí me llevó mi Padre, era un nuevo lugar así que me tomó de la mano y él me guió, pero como era sorpresa me vendó los ojos.
Hasta la fecha no sé llegar aunque he podido ir sola, a veces cuando estoy intentando ir a otro lugar, de pronto reconozco un aroma muy peculiar que me hace identificarlo al instante dejando todo tomo la primer puerta abierta y estoy ya ahí.
Otras veces por el contrario, me he perdido semanas buscándolo, y cada día parezco estar más lejos de él, hasta que se me olvida qué buscaba y sigo inmersa en lo cotidiano. (Continuar leyendo)
Hasta la fecha no sé llegar aunque he podido ir sola, a veces cuando estoy intentando ir a otro lugar, de pronto reconozco un aroma muy peculiar que me hace identificarlo al instante dejando todo tomo la primer puerta abierta y estoy ya ahí.
Otras veces por el contrario, me he perdido semanas buscándolo, y cada día parezco estar más lejos de él, hasta que se me olvida qué buscaba y sigo inmersa en lo cotidiano. (Continuar leyendo)
jueves, 18 de julio de 2013
Los imperfeccionistas, comentario
Esta es la parodia del
periodismo, visto como un juego. Las historias, inseguridades y miserias que se
esconden detrás de cada titular. Tom Rachman, un excelente escritor . Aunque
esta historia sea ficción, puedo decir de él que es un excelente periodista,
porque sabe captar la esencia de la realidad, convertirla en historia, utilizando
los personajes, frases y paginas necesarias, ni más ni menos.
Lamentablemente me veo reflejada
en muchas de las “cualidades” de estos hombres. Leyendo a estos personajes, he
visto en mí misma síntomas de “imperfeccionismo”, tantos, que el diagnóstico
final puede llevarme a concluir que padezco Síndrome periodístico.
No pretendo que este comentario
se convierta en una confesión puritana. Lejos de eso, es un descubrimiento que me
asombra, tantas semejanzas en personajes tan distintos. Los iré enfrentando uno
a uno. (Continuar leyendo)
martes, 7 de mayo de 2013
Las virtudes de la comarca
“Mi querido Frodo, los hobbits son criaturas realmente sorprendentes, como ya he dicho. Puedes aprender todo lo que se refiere a sus costumbres y modos en un mes y después de cien años aún te sorprenderán” (Gandalf el Gris)
Admitámoslo, los hobbits llevan las de ganar. Si entre virtudes, cualidades y destrezas, las virtudes se distinguen por -ser hábitos voluntariamente adquiridos-, quizás los hobbits lleven la delantera. Eran los menos “naturalmente dotados” así que tenía que alcanzar todas sus “habilidades” a través de la virtud. Quizás su don nato más fuerte sería tener un corazón más resistente y permeable que el del resto, lo cual les permitiría ser capaces de ser los más fuertes. (Continuar leyendo)
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miércoles, 20 de marzo de 2013
Los castillos de gominolas volverán a ser polvo
Hoy pensaba en el voluntariado... creo que no hay labor mas voluntaria, ni que ayude a cambiar el mundo que una verdadera amistad. Todas las experiencias y emociones que puedes vivir viajando al otro lado del planeta las tienes aquí, junto a la persona que está a tu lado, el más necesitado, el pobre de los pobres. El dolor por verlo sufrir, y saber que la solución no depende de ti, el terrible precio del Sentido, que si no se puede pagar, si no se consiguen suficientes donativos para alcanzarlo, el hambre del espíritu da las peores punzadas en la tripa, dolores y torturas que te ponen a las puertas de la muerte. Se inflama el corazón, como aquellas pancitas vacías que cuelgan de los cuerpos africanos, así está el alma de muchos de mis amigos, no sé de cuáles, quizás ellos tampoco.
La muerte de un alma, de un alma que nunca muere sola, que siempre se lleva parte de la nuestra consigo, su muerte siempre duele más que la de un cuerpo, que aunque sólo sea eso, un cuerpo, siempre guardó un alma inocente que nunca se planteó la posibilidad de dejar de luchar.
Este es un relato empapado por las lágrimas de la muerte de un amigo que decidió irse hace a penas unos días, se cuentan con una sola mano. No pude llenar su corazón, nadie pudo. Su soledad fue tan grande que la ansiedad le consumió. Por eso lo llaman Flaco, quería devorarlo todo, pero pronto hasta el tiempo se le fue de las manos, dejando un hambre cada vez más profunda, unos huesos más visibles para todos, barbas largas y ojos cada día más amarillos. No necesité viajar a África para conocer lo más bajo a lo que puede llegar el hombre. Encontré aquí, en el esplendido Occidente, la hambruna más miserable que pudiera imaginar.
La muerte de un alma, de un alma que nunca muere sola, que siempre se lleva parte de la nuestra consigo, su muerte siempre duele más que la de un cuerpo, que aunque sólo sea eso, un cuerpo, siempre guardó un alma inocente que nunca se planteó la posibilidad de dejar de luchar.
Este es un relato empapado por las lágrimas de la muerte de un amigo que decidió irse hace a penas unos días, se cuentan con una sola mano. No pude llenar su corazón, nadie pudo. Su soledad fue tan grande que la ansiedad le consumió. Por eso lo llaman Flaco, quería devorarlo todo, pero pronto hasta el tiempo se le fue de las manos, dejando un hambre cada vez más profunda, unos huesos más visibles para todos, barbas largas y ojos cada día más amarillos. No necesité viajar a África para conocer lo más bajo a lo que puede llegar el hombre. Encontré aquí, en el esplendido Occidente, la hambruna más miserable que pudiera imaginar.
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